Ciudad de Panamá, 19 de mayo de 2026. Con un llamado urgente a dejar atrás la lógica reactiva y a apostar por la preparación como política y práctica permanentes, se abrió este martes la XXIII Conferencia Pre-Huracanes y Amenazas Recurrentes 2026.
La ceremonia inaugural reunió a Fanny Moreira, secretaria técnica del Comité Andino para la Prevención y Atención de Desastres (CAPRADE), Elizabeth Rilley, directora ejecutiva de la Agencia Caribeña para la Gestión de Desastres (CDEMA), Alejandro Picado, presidente pro tempore del Centro de Coordinación para la Prevención de los Desastres en América Central y República Dominicana (CEPREDENAC), Andrea Koulaimah directora para América Latina y el Caribe, África Subsahariana, Asia y el Pacífico de la Dirección General de Protección Civil y Operaciones de Ayuda Humanitaria Europeas, Shelley Cheatham jefa de la Oficina Regional para América Latina y el Caribe de la Agencia de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) y Loyce Pace, Directora de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC) para las Américas.
Las comunidades como punto de partida
Loyce Pace inició evocando una imagen: una mujer de un pueblo costero que despierta antes del amanecer, con cuatro hijos, en un barrio que aún se recupera de inundaciones y un brote de dengue previos. Cuando su teléfono emite una alerta de crecida del río, ella sabe qué hacer. Tiene una mochila preparada, conoce el punto de reunión, participó en el simulacro que organizó la voluntaria de Cruz Roja del barrio. “Esa mujer todavía no sabe si el río se desbordará. Pero está lista”, dijo Pace. “Esa imagen es la razón por la que estamos aquí hoy.”
Con ese encuadre, la directora regional de la IFRC sintetizó el propósito de la conferencia: si la coordinación y la anticipación mejoran, más personas estarán a salvo. No como resultado del azar o de la generosidad circunstancial de quien esté disponible ese año, sino gracias a sistemas construidos con antelación.
Un entorno más complejo y menos predecible
Todos los oradores describieron un panorama en el que los riesgos se acumulan y se superponen. Los huracanes tocan tierra en comunidades que meses antes ya sufrían sequías que destruyeron sus cosechas; los incendios forestales agravan enfermedades respiratorias en zonas donde la salud no se recuperó de la pandemia; familias que huyen de la violencia se asientan en áreas marginadas donde la infraestructura colapsa cada invierno. Las crisis ya no llegan aisladas: se superponen y dejan a las personas con menos tiempo para recuperarse y menos recursos para resistir cada nuevo golpe.
Shelley Cheatham, subrayó que el entorno operativo de hoy es sustancialmente distinto al de hace apenas dos años: más amenazas simultáneas, actores trabajando con menos recursos y menos opciones. “No podemos asumir que todo lo que estaba antes sigue estando”, dijo, enfatizando que momentos como esta conferencia son indispensables para que los actores se conozcan, construyan confianza y puedan actuar coordinadamente cuando llegue la emergencia.
Los riesgos no reconocen fronteras
Fanny Moreira, recordó que aunque los huracanes no impactan directamente a Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, sus efectos sí llegan: a través de cadenas de suministro alteradas, movimientos de población y necesidades humanitarias transfronterizas. “El riesgo no conoce fronteras administrativas”, afirmó, y convocó a una gestión del desastre con mirada regional, solidaria y articulada.
El Ingeniero Picado, coincidió desde la experiencia centroamericana: Centroamérica y República Dominicana han aprendido, con cada temporada, que ante escenarios cada vez más complejos ningún país puede responder solo. Desde CEPREDENAC, señaló, se ha impulsado el fortalecimiento de mecanismos regionales de coordinación con una visión que va más allá de la respuesta e integra la preparación, la articulación técnica y la construcción de resiliencia.
La preparación como inversión, no como gasto
Mrs. Koulaimah citó la respuesta al huracán Melissa como ejemplo tangible de lo que produce la inversión anticipada: los sistemas de alerta temprana funcionaron, el mapeo de daños se activó de inmediato y la respuesta fue efectiva precisamente porque hubo preparación previa. Como resultado de esas lecciones, ECHO tomó la decisión de ampliar el preposicionamiento de insumos en Panamá dentro del programa de gestión integral de desastres.
Pace reforzó esta lógica con datos contundentes: para 2030 se proyectan 560 desastres anuales en el mundo —uno y medio por día— mientras los recursos humanitarios se contraen. En 2025, las necesidades humanitarias en América Latina y el Caribe alcanzaron los 3.600 millones de dólares, y los fondos disponibles no se acercan a esa cifra. Además, alertó sobre presiones indirectas: la escalada de conflictos globales ha encarecido las operaciones, afectando directamente la capacidad de preposicionamiento y logística. “Cada dólar invertido en reducción de riesgos genera cuatro dólares en beneficios”, recordó. “Sabemos esto. Pero saberlo no es suficiente.”
El andamiaje que sostiene la respuesta
Durante la sesión inaugural también se destacó el rol auxiliar de las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja como una pieza clave en la coordinación entre Estados, comunidades y el ecosistema humanitario. Este rol —una naturaleza jurídica y técnica única de la que gozan las Sociedades Nacionales- es crítico para salvar vidas y se ve fortalecido a través de acuerdos de cooperación como los suscritos por la IFRC con CEPREDENAC, la Unión Europea, CDEMA y UNDRR.
Otro aspecto clave para salvar vidas es el tratado internacional de protección de personas en situaciones de desastre, actualmente en consultas en las Naciones Unidas, que busca convertir en derecho vinculante lo que ya se sabe que funciona: asistencia más rápida, con menos obstáculos y más dignidad, especialmente para quienes enfrentan mayor vulnerabilidad.
Durante los próximos tres días, cerca de 1.500 participantes abordarán mecanismos, protocolos y enfoques de trabajo orientados a fortalecer la preparación y la coordinación frente a situaciones de desastre. La agenda cubre diversos ámbitos: desde los pronósticos y la acción temprana hasta el uso de inteligencia artificial y tecnología aplicada a la respuesta humanitaria, pasando por la protección, el género y la inclusión, y la inversión en sistemas de alerta temprana.